Hace poco más de dos años comenzó mi enamoramiento con esta población de Castellón coronada por el majestuoso castillo del Papa Luna y bañado por unas aguas de color azahar del Mediterráneo.
Nunca había estado aquí antes y ese verano del 2024, el que sin ninguna duda fue el peor verano de mi vida me conectó con Peñiscola de una manera especial.
Ese verano, que comenzaba con un espectacular viaje a México con mí sobrino Carlos, pero que pronto se torceria con la caída en bici, rotura de clavícula y poco después con el triste fallecimiento de mi madre, tuvo algo positivo, conocer Peñiscola.
Su espectacular playa Norte con las vistas hacía el castillo me cautivó desde el primer momento, las letras de Peñiscola, el Banco de la felicidad, los largos paseos por la orilla, o perderme por cualquier callecita estrecha de su maravilloso casco antiguo.
Como tenía el brazo en cabestrillo, no podía conducir y los días por aquí, pues nos dió por mirar pisos pero más entretenimiento que por otra cosa, la verdad es que en aquel momento no pensaba que solo un mes después estaría dando la entrada para mí piso de vacaciones..
Aquí en Peñiscola, fue desde donde vi por última vez a mi madre, fue una videollamada y yo estaba paseando con una callecita que sale a mano izquierda antes de llegar al castillo y que termina en una zona acantilada. La calle de la Porteta.
Pocos días después de ese primer viaje a Peñiscola, aunque volviera a hablar con ella casi a diario por teléfono, ya nunca volví a ver sus expresiones, sus risas, sus frases, su alegría que siempre transmitía aunque por dentro solo Dios sabría como estaba realmente, el destino se la llevó para siempre y en medio de ese caos de sentimiento que era mi vida en ese momento, no se como pero algo dentro de mi, me precipitó a comprarme una casa con Irene, dando el contrato de arras sin ni siquiera haber visto la casa in situ.
A veces se dice que se termina volviendo aquel lugar donde se fue felíz, no lo sé, porque en Lo Pagán, Murcia, he sido felíz, en Hellín he sido felíz, en casa de mis padres en las Torres he sido felíz, pero sin ella sin mi madre, todos esos sitios ya no son iguales, pero aquí en Peñiscola, donde no hay recuerdos con ella, salvó esa última videollamada, me siento bien, en paz, con recuerdos por construir y no el vacío que termina apareciendo en otros lugares.
La verdad es que tuvimos mucha suerte con la compra del piso, una auténtica oportunidad, con dos habitaciones, dos baños, todo amueblado, garaje, trastero y piscina, a tan sólo 7-8 minutos andando de las letras de Peñiscola, una casa para vivir, a un precio que nos podíamos permitir, por eso nos metimos sin mucho dudar porque trenes así quizás no volvieran a pasar.
Recuerdo que nos escapamos el segundo finde de las fiestas de Azuqueca para ver el piso, habíamos ya dado la señal y con un vídeo nos habían enseñado todas las habitaciones y particularidades de la vivienda, que paz sentir que todo lo visto en fotos y videos era real, porque sino la hubiéramos liado pero bien.
Ese finde descubrí por primera vez la Sierra de Irta, sali corriendo hacia las montañas y al poco me tope con un sendero, que acariciaba el mar por un lado y que estaba lleno de árboles al otro, una verdadera pasada que en esos momentos de bajón en los que estaba mi vida, me hicieron llorar mientras corría de paz, al sentir una conexión especial con la naturaleza. Fue algo mágico, yo creo que ese día comenzó el enamoramiento con Peñiscola.
Desde entonces y hasta hoy, han sido constantes las escapadas y no ha cambiado un ápice mi sentimiento, Peñíscola, me encanta. Sus calles, su playa, los lugares que poco a poco hemos ido descubriendo para comer, para tapear, hemos seguido perdiéndonos entre sus calles, he seguido corriendo y montando en bici por la Sierra de Irta y ahora con Lola con nosotros, hemos empezado la fábrica de creación de nuevos buenos recuerdos y eso no tiene precio.












