sábado, 15 de abril de 2017

Atenas: Semana Santa 2017



Estas palabras son la crónica de un viaje inolvidable visitando Atenas, en una delgada línea entre lo que fue y ya no es y lo que pudo haber sido y no será.

Siempre recordaré la primera vista que tengo de Atenas al salir del metro de Thisio; el Acrópolis coronando el horizonte; una corriente de emoción recorrió todo mi cuerpo, al sentirme en una zona tan emblemática. 

Para alojarme había elegido como en Copenhage un hostel, en este caso mucho más familiar, pero muy cómodo, bien ubicado y con un intercambio cultural increíble que es una de las experiencias necesarias cuando haces viajes de este tipo. Su nombre Chameleon Youth Hostel.
 
En apenas dos minutos tenía el paseo que bordeaba una de las faldas de la montaña del Acrópolis así que las primeras horas las dediqué a ubicarme, con el mapa en mis manos (único momento que el mapa fue necesario en todo el viaje, dado que en Atenas es muy fácil orientarse). Rodee el Acrópolis, llegué a la plaza Sintagma, con el palacio real al lado e hice ni primera intrusión disfrutando de la cocina griega, probando un gyros de cerdo. Algo tenía Atenas que me estaba enganchando y lo mejor aún estaba por llegar.
 
El segundo día por Atenas fue fabuloso, tenía una reserva en un tour gratuito a primera hora de la mañana. Acompañados de Dimitri, un nutrido grupo de españoles y castellano hablantes nos adentramos en la historia griega, gracias a las sapiencias de nuestro guía.  Recorrimos el barrio de Plaka, disfrutando de su tranquilidad en pleno centro de la ciudad y penetrar en Anafiotika, una pequeña zona justo en una de las faldas del Acrópolis, con callejuelas y casitas de color blanco y ventanas azules. Un oasis en mitad de la ciudad, como si estuviéramos en una isla. 
 
El tour fue fabuloso, Dimitri no solo nos llevo por los puntos más característicos también nos aconsejó sobre que merecía la pena visitar, también sobre la comida cuánto era lo normal pagar, que ingredientes llevaba esto o aquello, y alguna que otra lección filosófica como aquella de "compramos aquello que no necesitamos, con un dinero que no tenemos para impresionar a una gente que en la mayoría de casos ni conocemos" todo un crack y gran recuerdo haber pasado estas más de tres horas de un tour en el que se pagaba la voluntad. Ese día comí con un grupito de españoles que estaban haciendo la ruta Sofía, Atenas, Roma, como nos pusimos comiendo en una clásica taberna griega muchos de los platos característicos griegos, todo riquísimo.
 
Esa tarde Atenas me terminó de enamorar. Subí a la colina de Licabeto y contemplé toda la ciudad desde las alturas. Un sin fin de casas se abrían paso en todo el horizonte, desapareciendo entre las montañas y el mar. Fue precioso contemplar la puesta de sol, un lugar mágico, idílico.

  
El tercer día era el elegido para entrar dentro de la historia, visité todas las ruinas del Acrópolis, el Partenón y si, son ruinas pero se respira una grandeza únicas. Fuera del Acrópolis, la zona que más me gustó fue el Ágora Antigua donde se encuentra uno de los templos mejor conservados con la mismas características que el Partenón, el Templo de Hefesto. Una mañana en la que patee bien la ciudad, penetrando en su historia y tras acabar para reponer fuerzas me comí mi primera musaka, plato típico griego.




Por la tarde hice una excursión hacia el Cabo Sunion, donde se encuentra el Templo de Poseidon y desde donde contemple una puesta de sol aún más impresionante que la del día anterior, mereció la pena el largo paseo en bus por toda la costa ateniense a lo largo del golfo sarónico.

 

El cuarto día visite la zona del Pireo, donde atracan las megacruceros. El Pireo en si no me gustó, una serie de calles con tiendas de souvenirs intentando cazar al turista, mucho ruido, coches, estrés, que contrastan con la tranquilidad del centro de Atenas. De vuelta me pasee por el estadio del Olimpiakos y me relaje en una playita cogiendo el tranvía hacia la zona de Glyfada.

 
Esa tarde viví uno de los momentos más memorables de todo el viaje visitando el estadio donde se disputaron los primeros juegos olímpicos de la era moderna, construido en la misma zona de los  juegos antiguos, una maravilla con un imponente graderío de mármol y mientras daba la vuelta a la pista lo que cualquiera pensaría que se trataba de una salida del estadio era una cavidad, un pasadizo que cruzaba la montaña en la que se encuentra encajonado el estadio y que comunicaba con el otro lado y albergaba la sala de prensa y un museo con los carteles oficiales de todos los juegos. A los que nos gusta el deporte en general y el atletismo en particular se nos viene a la cabeza lo que debe ser entrar en ese estadio en un maratón, buff.  Este pequeño vídeo reúne un poco todas las sensaciones de ese ratito en el estadio Panatinaico.


Y poco antes del anochecer, subi al monte Filopapos, sin duda el mejor lugar para fotografiar el Partenón, porque aunque no tenga tanta altura como Licabetos, se encuentra mucho más cerca de la Acrópolis.



El quinto día tenia contratado un crucero por varias islas griegas, no sé si porque tenía unas altas expectativas en esta excursión o por la razón que fuera, no cumplió mis expectativas, supongo que porque no conjugo mucho con los aires de grandeza que rodean todo el tema de los cruceros. Pero para mí el todo vale y un día es un día para pagar más y más dinero por cosas que no tienen el valor que te hacen pagar no encaja conmigo. Y si que es verdad que te recogen en tu hotel, te llevan a tres islas, te dan de comer y regresas a tu hotel unas 14horas después por poca más de 100€. Pero para mí un todo incluido en español es eso, todo y español. Eso parecía la ONU, si que los miembros de la tripulación hablan español pero no era lo esperado y que claro, en el todo incluido no están incluidas las excursiones de cada isla y sinceramente que te cobren 20€ por un paseo de una hora no lo veo, eso, o que en la comida las bebidas se pagarán a precio de un riñón porque la escasa variedad de comida estaba incluida en el todo, pero la bebida iba aparte. Lógicamente al final en parte caes en ese juego del todo vale..en el que te llevan como corderitos de un lado a otro.


De las islas la que más me llamó la atención fue la primera. Hydra. Una curiosa isla en la que no se usaba el coche privado y la gente aún se movía en burro. Me encantó pasear por sus callejuelas, ir hacía un lado y otro del puerto, contemplar las pozas donde se bañaba la gente, en fin un buen lugar para perderse.




La segunda isla, fue Poros, en la que apenas estuvimos un rato, no pudiendo más que contemplar las vistas desde la Torre del Reloj, punto más alto de la isla.


Y por último, Egina, conocida como la isla de los pistachos, ya que la mayor parte de la isla se dedica a la plantación del árbol que da como fruto los pistachos, en su interior visitamos el monasterio de San Nectario, pero no hubo opción de conocer el Templo de Afaya, que forma el conocido tríangulo sagrado, junto con el Partenón y el Templo Poseidon de Cabo Sunion. 



A la vuelta a Atenas, a disfrutar de la última cena griega, pasear por la animada zona del Monasteraki y contemplar como la luna llena aparecía entre la Acrópolis, la mejor manera de despedirme de la noche ateniense.

Y llegó el sexto y último día de mi aventura, aún quedaban las últimas fotos desde el Areopagos, la colina de Ares, lugar de peregrinación, donde el apóstol San Pablo llegó para extender el cristianismo. Y tras los últimos paseos, entre Anafiotika, Plaka, las tiendas de recuerdos, llegó el momento de la despedida de esta ciudad que me ha dejado encandilado.

Este viaje era muy especial para mí, no es fácil viajar solo y más cuando el origen de esta aventura tenía otra meta muy distinta a la vivida finalmente. Pero ha merecido la pena, ha sido una experiencia fabulosa, conocer la historia griega, y algo de su mitología, descubrir que los griegos son muy parecidos en costumbres a nosotros, ya sea por las horas de luz o por la dieta mediterránea. Ay! lo bien que bien he comido estos días, el primer viaje que no he tenido la necesidad de acabar en un italiano o en el  McDonald de turno, porque los platos griegos estaban riquísimos, la Musaka, los Gyros, Pastitsio, cualquier verdura a la plancha, rebozada o rellena, y los yogures, con miel, frutas, nueces, … un sinfín de platos y todos riquísimos, con sabores originales, sin especias que adulterasen la naturaleza de nada.


Han sido tantos los recuerdos, he conocido a tanta gente, he compartido tantos momentos y sobre todo viajando de esta manera, he estado acompañado de la una única persona que nunca nos falla, uno mismo. Mi soledad y yo, en un viaje en Atenas inolvidable, penetrando en la historia de un imperio y en la historia de uno mismo, lo que fue y ya no es y lo que pudo haber sido y no será. 


martes, 7 de marzo de 2017

Panticosa 2017: Mi primer viaje de Esquí



Hasta ahora, nunca había hecho un viaje de esquí, mi única experiencia con unos esquís, se resumía a una excursión de unas horas hace muchos años a Valdesqui, en la que apenas había aprendido nada y había sentido que los deportes de nieve, eran caros, peligrosos y destinados para un grupo acomodado de la sociedad.


En estos años, con operaciones de rodillas incluidas, sentía que no tenía la necesidad de exponerme a sufrir una nueva lesión, en definitiva, me daba miedo ir a esquiar por lo que pudiera pasarme.

Pero este año, un día de camino a las pistas de atletismo de Azuqueca donde entreno, vi un cartel de una excursión que organizaba la concejalía de Juventud, por sólo 300€, incluía, viaje en autobús a Pirineos, alojamiento 4 noches, pensión completa, (incluida la comida caliente en pista), ocho horas de curso de esquí y el acceso a las pistas de Panticosa, durante cuatro días.


Ya no tenía la excusa del dinero, solo el miedo a una posible lesión me podía quitar las ganas de una nueva aventura, pero los miedos hay que superarlos así que me apunté al viaje.

Al llegar al Ayuntamiento, de donde partíamos, alguna cara conocida, pero de la totalidad del grupo, ni la mitad tenía una relación directa con Azuqueca. Una lástima, que no se hubieran animado más jóvenes de nuestra localidad, porque el viaje estaba muy bien organizado. Seguro que el año que viene con la buena experiencia vivida por los que fuimos, solo por el boca a boca, se animará más gente.


Una vez allí, el ambiente perfecto, aprendí lo que es ponerse unos esquís, la sensación al andar con las botas, el follón de ir de un lado a otro con el material, donde colocar el forfait, tener muy claro donde dejas un guante, el casco o las gafas (es tan fácil perder algo…) y sobre todo aprendí a dejarme caer.

Al principio hasta la pista más llana, te parece un mundo, no sabes frenar, tiendes a chocarte con cualquiera en las peloteras que se montan en la cinta que te devuelve arriba y tú única preocupación es no caerte.

Poco a poco, te vas sintiendo más suelto, ya sabes frenar, haciendo la famosa cuña, empiezas a hacer giros y la pista se te empieza a quedar pequeña, porque la pendiente de esta primera pista donde estábamos todos los aprendices era lo que era. Tras el primer día de curso, empiezas a tirarte por pistas un poco más complicadas, sufres las primeras caídas o más bien te tiras cuando no controlas la velocidad.

El segundo día, empiezas a fliparte, y ahí es donde está el peligro de este deporte, empiezas a ir a sitios que aún no eres capaz de bajar, pero disfrutas al salir de tu zona de confort, coges los primeros telesillas, alguna percha y te quedas encandilado por el entorno paisajístico, los valles, los glaciares, los ibones helados, una desconexión total de tu día a día.

El tercer día, saboreas este deporte, la mayor parte de las pistas azules las puedes hacer sin ningún problema, te lo pasas en grande.

Y el último día te quedas con ganas de más, lo intentas aprovechar al máximo, pero todo lo bueno se acaba, sano y salvo, un miedo menos.

Pasado unos días, tengo la sensación que el esquí mola, pero practicarlo después de un maratón no es lo más aconsejable. Además cuando aprendes vas siempre tan en tensión, que sufres demasiado muscularmente y una semana después aún tengo molestias en los aductores.


Sin embargo a pesar de los dolores, las sensaciones del viaje son muy positivas, la gente, los momentos en el albergue, esas habitaciones comunicadas por arriba, el agua, las cenas, los ratitos de cervezas o los bailes de la última noche. Una nueva experiencia más a sumar a este año 2017.


miércoles, 22 de febrero de 2017

La historia de mi viaje a Sevilla



Esta aventura del maratón de Sevilla, comenzaba hace ya muchos meses, cuando pocas semanas después de acabar el maratón de Madrid del 2016 y en mitad de ese periodo de alimentarnos de nuevos retos tras conseguir un objetivo, apareció la idea del maratón de Sevilla.

Sin mucho dudarlo, sacamos dorsal, alojamiento y como quedaban 9 meses para la prueba, y el AVE aún no se podía comprar, miramos la posibilidad de ir en avión, los precios eran asequibles, así que completamos el viaje al completo.

Pocos meses después de tener el viaje cerrado, mi vida personal daba un giro inesperado e intenté cambiar el titular del billete de Irene, que lógicamente ya no me acompañaría, pero Iberia no permite cambiar el nombre de las personas de una reserva, ni siquiera con algún tipo de sobrecoste y tampoco cancelar el billete. Así que dinero tirado a la basura, como el de mi próximo viaje a Atenas en Semana Santa. Es vergonzoso que Iberia no permita hacer una gestión de este tipo, cuando incluso Ryanair te lo permite. Y más indignante es cuando terminan colocándote a tu lado en el avión, en el asiento de tu acompañante que has pagado con tu bolsillo, a otro viajero. Pero bueno eso es otra historia.

Tras mucha espera, cambios, entrenos, marcas, metas, quedadas para prepararlo todo…llegó este fin de semana.  Viajaba con mi hermano, mi cuñada, Jose, David, (los runners) y la mujer de David. Aunque a Sevilla también irían cinco villanos, José, Nati, Carlos, Verdeal y Edu, más otros conocidos como David Cortés, Somolinos, Nikol, Beja o los hermanos Cerro.

El fin de semana prometía y no nos defraudo, ya la noche del Viernes, paseando por el centro histórico, la Torre del Oro, la Catedral, la Giralda, poniéndonos hasta arriba de raciones sevillanas, disfrutando de la ciudad e inspeccionando el kilómetro 38 de la carrera, pintado en la calzada, junto a una línea verde, que marcaría nuestra carrera, día y poco más tarde. De camino al hotel junto al Sanchez Pizjuan, paseamos por la impresionante plaza de la Encarnación y la faraónica obra conocida como “Las Setas”.

 

A la mañana siguiente, nos levantamos pronto y corrimos un par de kilómetros alrededor del estadio sevillista; la gran cantidad de atletas, habituándose al horario, nos encontramos durante las primeras horas de la mañana.



De allí a la feria del corredor, el espíritu del maratón se empieza a palpar, todo el mundo habla de la carrera, de si lloverá o no lloverá, de la gente animando. Sientes nervios, emoción, quieres que llegue ya el momento, ya tienes tu dorsal, solo falta el pistoletazo de salida.

 
La mañana del sábado, hacia un día primaveral en Sevilla, en la plaza de España, paseamos en mangas de camisa y atravesando el parque de Maria Luisa, cogimos el paseo paralelo al rio,  hasta llegar a los pies de la Torre del Oro y la Maestranza, más tapas por el centro y la primera carga de hidratos del día, tras encontrarnos con mi amigo “Buitre”, que venía a correr su primera maratón.



Por la tarde, mi hermano Gaspar y yo, nos fuimos a ver a nuestra familia sevillana, fue fabuloso compartir un rato con ellos y ver las fotos de mi tío, entrando en meta de varias maratones de Sevilla, cuando eso de la fiebre del running aún no se había convertido en plaga por la sociedad.


Antes de cenar, hice lo posible por encontrarme con mis villanos y seguimos cargando hidratos antes de dormirnos, qué difícil es conciliar el sueño antes de una maratón, apenas dormimos 4 horas, entre nervios e incertidumbre.

Era muy de noche cuando salimos en dirección al autobús lanzadera, que nos llevaría a la salida. Fuimos juntos tanto mi grupo de runners como los villanos y tras un caótico paseo turístico, en el que no terminábamos de llegar al estadio, el autobús nos dejaba en medio de una rotonda, a dos kilómetros del ropero, al que llegamos casi sin tiempo para despedirnos, dejando nuestras bolsas deprisa y corriendo y yendo como podíamos a la salida.


Por suerte, entre la multitud, me encontré con Carlos y Verdeal, y compartí con ellos el calentamiento hasta nuestros respectivos cajones. Poco quedaban para las 8:30, el momento había llegado, por delante 42km.

Mi idea de carrera era salir entre 4:15 y 4:20, lo que sería acabar la carrera entre las 3h00 y las 3h05, me fui conteniendo mucho los primeros kilómetros, en los que vi como el globo de las tres horas se escapaba y Verdeal me alcanzaba, compartí con él unos metros y pensé muchísimo en compartir con él la carrera, pero quería mi así que deje que se escapara en el horizonte. 

De la primera parte del recorrido, fue vibrante atravesar el rio Guadalquivir (realmente es el canal Alfonso XIII) sobre el puente del San Telmo, junto a la Torre del Oro, esa curva está repleta de gente. Poco después distingo entre el bullicio a los padres de Jose animándome. Paso el primer 10k en 43 minutos, me siento muy bien y decido, intentar hacer todos los kms siguientes a 4:15, pero sin emocionarme. 

Por el Km 17, sabía que estaría mi cuñada Cristina animando, como voy según el horario previsto, dudo por un momento que haya llegado al punto acordado, pero la distingo a lo lejos, siempre es un momento especial cuando alguien te anima, ese es el mejor avituallamiento.

Los siguientes kilómetros hacía la media maratón son muy monótonos, desde la estación de Santa Justa, te sacan de la ciudad por una interminable recta. El paso por mitad de la carrera, unos segundos por encima de 1h30, sigo sintiéndome bien, así que aguanto el ritmo. La mitad de la carrera ha pasado y todo está saliendo como tenía pensado.

De camino al km 30, volvemos a pasar por la zona de mi hotel, allí está otra vez mi cuñada animando, en esos kilómetros, en los que el ritmo seguía constante, me llevo un pequeño susto, en un avituallamiento, me entra bebida isotónica en los ojos, por unos metros corro a oscuras, con una sensación de mareo, como si me fuera a derrumbar de un momento a otro, pero no me detengo y el mareo se difumina, entre cada zancada.

Rumbo al Villamarin, doy caza a Verdeal, le veo tocado, pero no hundido, nos saludamos, y continúo mi viaje. Tenía el campo del Betis, como un hito vital en la carrera, ya que era el punto más lejano hacía la meta, ya solo quedaba volver.. En la interminable recta del Paseo de la Palmera, hay bastante viento y pierdo algunos segundos en cada kilómetro, ya empiezo a hacer las cuentas de la vieja en mi cabeza, si consiguiera ir un poco más rápido del 4:15 aún podía intentar las sub3 horas, estoy cansado, pero aún tengo fuerzas. En el Parque de Maria Luisa, hay un avituallamiento en el que demasiada gente se para, pierdo algo de ritmo y siento como ya no es fácil volver a cogerlo, las cuentas las empiezo a hacer al revés, bueno David, no pensabas que ibas a correr un maratón sin sufrir… aprieto los dientes, atravieso la Plaza España, con los pelos como escarpias y me tomo mi último gel.



Cada vez me cuesta mirar más al frente, recuerdo el andén del tranvía, pero apenas levanto la vista, para ver la catedral, siento que hay gente animando, pero no me lleva en volandas, ya no miró adelante, paso el km 38 que habíamos visitado el viernes, sólo quedan 4 y aún puedo seguir corriendo a buen ritmo, pero es imposible luchar por bajar de 3 horas, si hubiera salido un pelin más rápido, pienso.. Temía mucho la zona de adoquinado del centro, si bien es en otra calle, de camino al Puente de la Barqueta, cuando el dolor en los gemelos por el adoquinado comienza a ser importante, vamos David, que ya no queda nada. Voy a adelanto a algún zombie y recuerdo mi sufrimiento en Madrid, del año pasado y que con la poca distancia que queda, pasase lo que pasase, iba a hacer un tiempazo, encaro los últimos kilómetros, que ya habíamos paseado por la mañana tras bajarnos del bus, veo el estadio, me voy dejando llevar, me emociono, bajo la rampa del túnel que nos introduce al estadio, es como que me arrancan las piernas, vaya bajadita a oscuras a estas alturas… encaro los últimos metros, al pasar por el km 42, las lágrimas de emoción inundan mi rostro, el eco de la gente animando es impresionante, estoy feliz, levanto los brazos y cruzo la meta.


La sensación de satisfacción es increíble, me dan mi medalla y exploto, todas esas emociones de tristeza, de pena, de dolor, salen a luz, incontroladas, rodeadas de una felicidad única, es difícil de explicarlo.


De allí, comenzó la verdadera penuria del maratón, hasta que no tomé algo de comer, estaba mareado, apenas podía ver más allá de dos metros, lo veía todo azul, una procesión de zombies en el interior del estadio. No podía caminar, me dolía el estómago. Me empecé a encontrar con caras conocidas, unos más contentos que otros, unos más muertos que otros, pero todos héroes. 

Y volvimos al hotel, entre felicitaciones por el whatsapp, asimilando lo que había hecho, exhausto no solo físicamente, sino también mentalmente. Cuando nos habíamos repuesto un poco y cada cual había seguido su particular calvario, hasta el hotel, el aseo, la ducha y las escaleras, los runners no fuimos a darnos un homenaje a un argentino, donde degustamos buena carne. 

El colofón a un fin de semana especial e inolvidable.